Era
una noche cerrada cuando un viajero salía a escondidas de la posada donde se
alojaba. Anduvo varias horas bajo el amparo de la oscuridad, de sombra en
sombra, temiendo que alguien pudiera reconocerle. Los caminos eran difíciles de
seguirse a esa hora, y más en aquella noche sin luna. Pero el hombre los
conocía bien, y aquella ciudad ya no podía sorprenderle.
De repente, un ser humanoide le interceptó. Pero
el hombre ya lo había previsto, así que se dispuso a hacer lo único que sabía,
viajar entre dimensiones. Con un rápido parpadeo cambio de dimensión y salió corriendo
de esta. No se paró a mirarla porque sabía en cual estaba. Aquel plano oscuro
solo podía ser una región sin tiempo, uno de los múltiples pliegues
espacio-temporales.
Pero, para su sorpresa, la otra figura había
logrado alcanzarle en ese lado.
—No puedes escapar de mi, Azahor —dijo una
voz profunda, tenebrosa, oscura.
La
primera persona se sorprendió ante aquella conocida voz.
—No intentes detenerme, maestro —contestó, con
una voz serena, pero tan potente que retumbaba por los rincones de aquel lugar muerto.
—No me interpondré si me respondes a una cosa,
¿por qué lo haces?¿Por qué matas a los humanos?
—¿Aún no te das cuenta, viejo? Mi único
objetivo era encontrarte, los humanos no me importan, pero los guardianes os interponéis
en mi meta.
>>¡Exralin
gaüres!
—¡No! —gritó el anciano justo antes de que una
esfera de energía le impactara de lleno, volviéndole de piedra.
—Tus esfuerzos han sido inútiles —habló el
muchacho, sabiendo que su objetivo ya no podía escucharle—. Ahora, despertaré a
los Gaün-zhul